¿Dónde está Dios cuando sufrimos?

Por: Steve Grimsley
Era un atardecer lluvioso, en la hora de más tráfico. Ante el semáforo verde, aceleré a 60 km por hora. De pronto, el conductor delante de mí viró bruscamente hacia la derecha. Quedé más perplejo que alarmado, pero cuando levanté el pie del acelerador, ya era tarde. Delante de mí había dos vehículos detrás de un tercero, parado. Intenté virar mientras aplicaba los frenos, pero no logré esquivar el extremo trasero derecho del automóvil que estaba inmediatamente delante de mí. Entonces detuve mi auto averiado en el carril de emergencia.

Me lamenté por mi Mazda 626 abollado, aunque agradecí no haber sufrido ninguna herida. Miré hacia el tráfico detenido. Una mujer treintañera, junto a su vehículo, levantaba los brazos y con lágrimas que se deslizaban por sus mejillas, exclamaba: “¡Gracias, Señor, gracias!” Me encaminé hacia ella, pensando que también era víctima de la colisión, pero rápidamente subió en su vehículo, murmuró que llegaba tarde a una cita y desapareció a toda velocidad. Quedé un tanto confuso y sólo entonces me di cuenta que no le había pasado nada. Pero, ¿qué decir de la pareja cuyo automóvil choqué? ¿Y yo? Bueno, tuve que vérmelas con la policía caminera, los representantes del seguro, la agencia de alquiler de automóviles y el taller mecánico. ¿Por qué Jesús no nos libró del accidente a todos?

¿Es justo el sufrimiento?

Mi pequeño sufrimiento me hizo pensar en algo más profundo, a saber, algo que ha atormentado la fe cristiana por siglos. ¿Cómo un Dios de amor puede permitir el sufrimiento? La distribución y el grado de sufrimiento son injustos y parecen depender del azar. ¿No era yo tan digno de salvarme como la mujer que se alejó sin un rasguño?

 Pero mi contratiempo era trivial en comparación con lo que ha presenciado nuestra época. Millones perecieron en los campos de exterminio, los gulags y las matanzas. Las purgas étnicas, el genocidio tribal y los horrores del 11 de septiembre nos mueven a preguntarnos: ¿Por qué Dios no lo impidió? Las imágenes que muestran a miles de personas sepultadas por los terremotos nos inducen a exclamar: ¿Por qué Dios no se interesa en nosotros?

En medio de la tragedia y el sufrimiento humanos, ¿cómo es posible que un ser racional crea que servimos a un Dios amante? Y, aunque vaya en mi detrimento, me permito formular otra pregunta: “¿Es posible que Dios tolere algunos males a corto plazo en beneficio de bienes a largo plazo, algo que como ser finito no puedo comprender?”

El sufrimiento: ¿un bien a largo plazo?

Peter Kreeft, un profesor de filosofía, presenta una analogía de un dolor a corto plazo que conduce a un bien a largo plazo: “Imaginemos a un oso atrapado y un cazador que desea liberarlo. Trata de ganar su confianza pero no lo logra, por lo tanto, no tiene más remedio que dispararle dardos con drogas. Sin embargo, el oso considera que el cazador lo ataca y que lo quiere matar. No entiende que lo hace por compasión. “Entonces, para liberar al oso de la trampa, el cazador debe empujarlo aún más para entonces aflojar el resorte. Si el oso estuviera consciente, estaría aún más convencido que el cazador es un enemigo que desea causarle sufrimiento y dolor. Pero estaría equivocado. El oso llega a una conclusión incorrecta porque no es humano”.1

¿Podría ser ésta una analogía de Dios y nosotros?

La pregunta permanece: “¿Cómo puede un Dios todopoderoso, omnisciente y amante, tolerar un mal tan difundido, persistente e incomprensible?” Reflexionemos en lo que afirma Kreeft. Dios nos ha mostrado cómo funciona este principio. Nos ha demostrado que el peor suceso de la historia humana produjo el mejor suceso de la historia, a saber, la muerte de Cristo en la cruz. En su momento, nadie pensó que traería un buen resultado. Pero Dios conocía el resultado glorioso que ningún humano fue capaz de predecir. Y si pasó allí, ¿por qué no podría suceder también en nuestras vidas?

Paul Kreeft ilustra este concepto de la siguiente manera. “Supongamos que tú eres el diablo. Eres enemigo de Dios y quieres matarlo, pero no puedes. Sin embargo, él comete el ridículo error de crear y amar a seres humanos, los que están a tu alcance. ¡Ahora tienes rehenes! Así que vienes al mundo, los corrompes y te llevas a algunos al infierno. Cuando Dios envía profetas para iluminarlos, tú los matas. “Entonces, Dios hace lo más insensato que se pueda concebir, pues envía a su propio Hijo y sigue las reglas del mundo. Tú dices: ‘¡No puedo creer que sea tan tonto! ¡El amor le obnibuló el cerebro! Todo lo que tengo que hacer es inspirar a algunos de mis agentes (Herodes, Pilato, Caifás, los soldados romanos) y crucificarlo’. Y eso es lo que haces. “Así que pende de la cruz, olvidado de los hombres, y aparentemente de Dios, desangrándose y clamando: ‘¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has desamparado?’ ¿Qué sientes ahora como maligno? ¡Te sientes triunfante y vindicado! Pero, por supuesto, no podrías estar más equivocado. Ésta es su victoria suprema y tu derrota suprema. Él puso su calcañar en tu boca y lo mordiste y esa sangre te destruyó”.2

Ahora, este suceso acaso nos señale que cuando sufrimos y sangramos, Dios está derrotando a Satanás una vez más. La mayor parte de los cristianos a lo largo de la historia parece decir que cuando más sufrieron, más se acercaron a Dios. El apóstol Pablo afirmó: “Porque nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús… De manera que la muerte actúa en nosotros, y en vosotros” (2 Corintios 4:11,12).

¿Nos aleja de Dios el sufrimiento?

Pero, ¿es posible terminar olvidando a Dios por su aparente ambivalencia ante nuestro sufrimiento? Elie Wiesel describe cómo perdió la fe cuando, como prisionero en Buna a los 15 años, presenció la muerte en la horca de un niño holandés que rehusó revelar lo que sabía acerca de unas armas encontradas en la barraca de su capataz. El escaso peso del niño prolongó su agonía por más de media hora mientras colgaba de la cuerda. Wiesel y miles de otros fueron obligados a marchar frente al niño y a observar su sufrimiento mientras luchaba entre la vida y la muerte.3

Wiesel perdió la fe, pero el relato contiene la respuesta al interrogante que hemos formulado en este artículo. Dios estaba allí en Buna con el muchachito holandés de la misma forma en que estuvo en el Calvario con Jesús, su Hijo, mientras también agonizaba entre la vida y la muerte en la cruz. ¿Dónde está Dios, entonces? ¿Existe una respuesta para este interrogante? No, no hay una respuesta, pero hay Alguien que es la respuesta.

Alguien es la respuesta

Peter Kreeft lo resume así: “La respuesta es Jesús. No un grupo de palabras. Es la Palabra. No es un intrincado argumento filosófico; es una persona. La persona. La respuesta al sufrimiento no está dada por un argumento abstracto, porque el sufrimiento no es abstracto sino personal y requiere de una respuesta personal. La respuesta tiene que estar en alguien, no en algo, porque el tema involucró a alguien: ¿Dios, dónde estás? “Jesús está allí, sentado a nuestro lado en los lugares más bajos de nuestras vidas. ¿Estamos quebrantados? Él también fue quebrantado por nosotros. ¿Somos rechazados? Él también lo fue. ¿Clamamos porque ya no soportamos más? Él fue varón de dolores y conoció la pena. ¿Nos traicionan? A él también lo traicionaron. ¿Se quiebran nuestras relaciones más íntimas? Él también amó y fue rechazado. ¿Nos esquiva la gente? También de él se escondieron como de un leproso. “¿Desciende a todos nuestros infiernos? Sí, lo hace… No sólo se levantó de los muertos, sino que cambió el significado de la muerte y por lo tanto de todas las muertes… Cada lágrima que derramamos llega a ser su lágrima. Puede ser que todavía no las enjugue, pero lo hará”.4

El sufrimiento: Dios está allí

¿Está distante mi Dios? ¿Se halla sobre mí como un déspota que demanda mi rendición a su voluntad? ¿Se encierra en enclaves de serenidad para rara vez contemplar mi angustia? Si éste fuera el caso, no podría creer en él. Si no fuera por la cruz, mi fe fluctuaría entre los mitos y el agnosticismo. Pero en el Calvario, mi Salvador, solo, olvidado, sufriente, sangrante, quebrantado y sediento clamó en agonía para que fuera perdonado. ¡Ése es un Dios para mí!

Entonces, cuando nos preguntamos cómo un Dios amante puede permitir el dolor y el sufrimiento en este mundo, yo me inclino a quitar el arcoiris, construir un símbolo con dos maderos y plantar la cruz de Cristo en su punto más alto.

Steve Grimsley es director de planes de salud de la prestadora Adventist Risk Management, Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día. Su dirección electrónica: sgrimsley@adventistrisk.org

Notas y referencias

1. En Lee Strobel, The Case for Faith (Grand Rapids, Michigan: Zondervan Publishing House, 2000), p. 32.

2. Id., pp. 39, 40.

3. Elie Wiesel, Night (New York: Avon Books, 1969), pp. 75, 76.

4. Strobel, pp. 51, 52.

Fuente: Dialogo Universitario

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