Casados pero contentos

Alfonso Valenzuela

Miguel y Juanita habían llegado al momento de la boda, que tanto habían esperado y planificado. Parecían vivir un hermoso sueño. Todo estaba arreglado con elegancia y primor.

Miguel recordó todo lo ocurrido durante los últimos dos años y medio. Estaba seguro de que habían sido los años más felices de su vida. Juanita, por su parte, se sentía la mujer más feliz del mundo. Estar con Miguel y saber que ahora estarían juntos para siempre la llenaba de una intensa emoción.

Miguel y Juanita experimentaban el sentimiento especial de los que creen haber hallado su “alma gemela”. Sus sueños parecían cumplidos y sus necesidades satisfechas.

Casi todo ser humano anhela establecer un hogar con “su media naranja”, alguien con quien compartir las intimidades y las experiencias de la vida que no pueden compartirse con nadie más. Creen que de esa forma se sentirán completamente satisfechos.

La primera pareja

El comienzo mismo del relato bíblico indica que Dios creó al hombre con el deseo innato de buscar una compañera para establecer un hogar. Dijo Dios: “No es bueno que el hombre esté solo”, y le creó una “ayuda idónea” (Génesis 2:18). Sólo entonces Adán se sintió un ser completo.

A muchos les cuesta hallar la “ayuda idónea”. A menudo, encuentran a alguien que es más bien un estorbo, por lo que terminan pensando que es mejor estar solo que mal acompañado.

Por qué fracasan los matrimonios

Muchos no hallan la “ayuda idónea” porque ignoran los pasos que debe seguir un buen noviazgo. Y los que no experimentan un buen noviazgo por lo general tienen un mal matrimonio. Los que no se llevan bien durante el noviazgo tienen muchas menos probabilidades de tener un matrimonio feliz. Muchos comienzan mal y siguen a los tropezones durante el resto de su vida de relación. (Ver “Características de un noviazgo feliz”.)

Hasta que la muerte nos separe

Frente al ministro, Miguel y Juanita prometieron “tomarse como esposos para vivir juntos como lo ha instituido Dios en el santo estado del matrimonio. Amarse, consolarse, honrarse, protegerse en la enfermedad y en la salud; y renunciando a todos los demás, guardarse sólo para ellos mientras ambos vivieren”. Con mucha seguridad ambos contestaron: “Así lo prometo”.

Durante la ceremonia, el ministro citó a Tertuliano, cuyas palabras han inspirado a muchas parejas a través de los siglos:

“Cuán hermoso es el matrimonio de dos cristianos, dos que son uno en esperanza, uno en deseo, uno en forma de vida, uno en la religión que practican. Nada los divide, ni en carne ni en espíritu. Oran juntos, adoran juntos, ayunan juntos; se instruyen el uno al otro, se animan el uno al otro, se fortalecen el uno al otro. Juntos visitan la casa de Dios y toman parte de los banquetes divinos; juntos encaran dificultades y persecuciones y se consuelan. No tienen secretos entre ellos; nunca evitan la compañía del otro; nunca traen tristeza al corazón del otro. Visitan al enfermo y asisten al necesitado. Se cantan salmos e himnos el uno al otro, procurando siempre alabar con belleza al Señor. Al escuchar y ver esto, Cristo se regocija. A los tales les confiere su paz” (William J. McRae, Biblioteca Sacra, 1987).

Cuando el padre entregó a Juanita para unirse en matrimonio, sintió que se le hacía un nudo en la garganta. La madre pareció desmayarse al ver que su amada “niñita” se iba para establecer su propio hogar. ¡Qué agonía la de los padres: Sufren si los hijos se casan y sufren si no se casan! Pero ese sufrimiento no se compara con la terrible agonía de verlos fracasar en su matrimonio.

¿Qué les esperaba a Miguel y a Juanita en su nueva vida de casados? ¿Cómo les resultaría el viaje a esos jóvenes tripulantes de tan pequeña embarcación al lanzarse a navegar en el océano de la vida? ¿Sobrevivirían a las tormentas o serían destrozados por la furia de los problemas que encontrarían en la travesía? Estaban decididos a triunfar a toda costa. Cuánto deseaban la felicidad. Y sin embargo las estadísticas están en su contra.

Venciendo las estadísticas

Las estadísticas son alarmantes. De cada dos matrimonios que se celebran en los Estados Unidos, uno culmina en divorcio durante los primeros siete años. ¿Y si Miguel y Juanita estaban en ese grupo? En el libro The Divorce Myth, J. Carl Laney indica que el Departamento de Censos de los Estados Unidos informó que en 1920, uno de cada siete matrimonios terminaba en divorcio; en 1940, uno de cada seis; en 1960, uno de cada cuatro; en 1977, uno de cada dos. Entre 1967 y 1977 el número de divorcios se duplicó. En la década de 1980 los divorcios alcanzaron el 53 por ciento de los matrimonios. Al paso que vamos, dice Laney, pronto habrá un divorcio por cada matrimonio. (Ver el cuadro: “Razones erróneas para casarse”,)

Todavía es la relación preferida

Con esas estadísticas, ¿quién quiere casarse? Pues, la mayoría de la gente. Un porcentaje muy alto llega tarde o temprano ante el altar. Se estima que el 96 por ciento de la población se casa. Y de los que se divorcian, la mitad se vuelve a casar. Debido a los beneficios que parece brindar, la humanidad entera acepta por completo la idea del matrimonio. Y a pesar del dolor experimentado por los que se divorcian, el matrimonio continúa siendo la relación favorita para la mayoría de las personas, ya que en nuestra sociedad esta relación aún brinda, entre otras, oportunidades de satisfacer las necesidades de intimidad y seguridad. (Ver el cuadro: “Beneficios del matrimonio”.)

No obstante las ventajas de la vida matrimonial, parece que pocos matrimonios modernos alcanzan su potencial. En el libro Mirages of Marriage, William Lederer y Don Jackson informan que apenas entre el 10 y el 15 por ciento de los matrimonios disfrutan una relación feliz. En el mismo comienzo de la relación, muchos descubren que el matrimonio no es exactamente lo que esperaban o buscaban.

De Romeo y Julieta, muchos matrimonios pasan a ser Romeo contra Julieta. Parece que después de la “luna de miel”, la pareja se queda sin miel y sólo con la luna. En Intimate Life Styles, el sociólogo Mervyn Cadwallader dice de los matrimonios contemporáneos:

“La verdad que observo es que los matrimonios contemporáneos constituyen una institución destrozada. Abandonan el afecto voluntario y el amor que se imparte desinteresadamente y se recibe con gozo. Los romances hermosos se transforman en matrimonios aburridos y eventualmente la relación se torna corrosiva y destructiva. El hermoso romance se convierte en un amargo contrato”.

Lo que pudo haber sido una gran bendición se transforma en una terrible maldición. Y muchos terminan, desde luego, divorciándose.

¿Aflicción de la carne?

El matrimonio no es una empresa fácil. No sólo es difícil encontrar la ayuda idónea, sino también adaptarse a esa persona. San Pablo advierte que los casados “tendrán aflicción de la carne” (1 Corintios 7:28). Ésta comienza muy temprano en el matrimonio, muchas veces durante la misma luna de miel, que es un período normal de ajuste. El que dos cabezas se pongan de acuerdo en todo es muy difícil, prácticamente imposible de lograr.

Para muchos la luna de miel termina demasiado pronto. La dulzura, tan importante en una relación feliz, comienza a disminuir drásticamente. A partir de las primeras desavenencias, que pueden aparecer apenas termina la boda o a los pocos días de casados, la pareja descubre que “el amor es ciego, pero el matrimonio abre los ojos”.

Romeo y Julieta se van de luna de miel, y a los pocos días Romeo se vuelve contra Julieta, y el hogar se convierte en un campo de batalla. Es una guerra donde no hay triunfadores, sólo perdedores. (Ver el cuadro: “Los problemas matrimoniales más comunes”.)

El matrimonio puede ser feliz

Se puede tener un matrimonio feliz y duradero si ambos cónyuges lo desean y hacen todo lo posible para lograrlo. Aunque la mayoría de los matrimonios atraviesan períodos críticos, las dificultades pueden ser superadas.

¿Qué hace feliz a un matrimonio? ¿Qué características deben estar presentes para alcanzar la dicha matrimonial? Al encuestar a 100 matrimonios, hallé las siguientes respuestas. Las presento en orden de importancia.

1. La comunicación clara y constante. El Dr. Norman Wright cree que la comunicación es la clave de un matrimonio feliz.

2. El amor mutuo y las expresiones de afecto, no sólo con palabras sino con acciones. Esto incluye las caricias, los besos, los abrazos, el tomarse de la mano y decirse que se aman. Necesitan seguir tratándose con el mismo cariño como cuando eran novios.

3. La religión en el hogar. Que Cristo sea el centro de la vida matrimonial y todo lo demás vendrá por añadidura. Esto incluye la lectura de la Biblia, los cultos familiares, la asistencia a la iglesia y la oración.

4. El respeto mutuo y la comprensión, lo que significa ser conscientes de las cargas y responsabilidades de cada uno y ayudarse tanto como sea posible.

5. La atención a las finanzas. Esto incluye alcanzar la mayor solvencia posible mediante la planificación y ejecución de un presupuesto realista.

6. El tomar tiempo para estar juntos. A pesar del trabajo y los quehaceres domésticos, es imprescindible pasar tiempo juntos para fortalecer así la unidad.

7. Recrearse y entretenerse juntos; gozar de la vida.

Para lograr un matrimonio feliz se necesita la convicción de que es algo que puede ser logrado. Con excepción de la muerte de uno de los cónyuges, no hay para el matrimonio cristiano dificultad imposible de resolver. Las parejas debieran identificar sus problemas, llegar a un acuerdo y esforzarse por enfrentarlos juntos. Huir es de cobardes; renunciar, de desertores; dar la espalda, de desagradecidos; abandonar al otro, de ingratos; y el “no se puede hacer nada” es de ignorantes. Cuando la pareja está comprometida con el éxito del matrimonio y presenta un frente unido, cualquier situación puede ser resuelta. En los casos complicados, la ayuda de un consejero cristiano puede ser de gran valor. Y Dios siempre está dispuesto a ayudar (Ver el cuadro: “Cómo tener un matrimonio feliz.”)

¿Qué podemos decir de Miguel y Juanita? Se propusieron ser felices y lo lograron. Dicen que la clave de su éxito es que pasan mucho tiempo juntos. Pocos días después de la boda se pelearon con dureza. Miguel decidió irse de la casa. Mientras se iba, Juanita vino corriendo al auto y le dijo: “¡Si me vas a dejar, me voy contigo!” Miguel se rió de la ocurrencia y la abrazó tiernamente. Desde entonces, han aprendido a amarse “en las buenas y en las malas”.

Alfonso Valenzuela (D.Min., Ph.D., Fuller Theological Seminary) es un terapeuta familiar que dicta cursos sobre matrimonio y familia en el Seminario Teológico de la Andrews University, Berrien Springs, Michigan, EE.UU. Este artículo está basado en su libro Casados pero contentos. También ha publicado los libros Juventud enamorada, Cómo fortalecer la familia, Padres de éxito, y Casados y enamorados. Su dirección electrónica: vale@andrews.edu.

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