Después de la boda viene el matrimonio

Cuando pasó por la puerta de la iglesia, pensé que era el hombre más buen mozo y atractivo que había visto en toda mi vida. Harry estaba apostado en la base naval cercana a mi ciudad natal. Durante nuestra primera cita fuimos a presenciar un espectáculo aéreo que incluía una feria. Nos pusimos a jugar tratando de echar monedas dentro de unas vasijas que podíamos ganar como premio, si lográbamos que las monedas cayeran en el interior de las mismas. Ganamos un par de vasijas, y nos dijimos bromeando que las usaríamos en nuestra casa cuando nos casáramos y fuéramos de misioneros a tierras remotas.

Continuamos saliendo juntos y… nos fuimos enamorando cada vez más. Llegado el momento, Harry hizo detonar la famosa pregunta y así se dio inicio a la fiebre de la boda, la cual se realizó en la casa de mis padres, que tenía vista al mar. El organista tocó las primeras notas de la Marcha Nupcial de Lohengrin y yo bajé la escalinata que conducía hacia el pasillo central del jardín. Aunque la niñita de las flores comenzó a llorar y se rehusó a esparcir los pétalos de rosas, nuestra boda fue como la de un de cuento de hadas. La ceremonia se desarrolló sin incidentes. Era un hermoso día y todo el mundo coincidió al decir que el nuestro había sido un casamiento muy hermoso y romántico. Pero después de la boda viene el matrimonio.

El golpe de la realidad

La mayoría de las parejas descubre que a los pocos días después de la luna de miel, la realidad golpea veloz y profundamente. Así es; los novios comparten eufóricos todo el entusiasmo de establecerse en su primera casa, pero deben estar preparados para la desilusión que pueden sufrir después: se esfuman la dicha y el encanto del interés indiviso que se habían estado prodigando mutuamente hasta ese momento. De ahí la expresión “la luna de miel se acabó”.

El novio sufre aun más severamente la desilusión que la novia. Los flamantes maridos tienden a echar de menos la pérdida de libertad y se sienten asediados por sus nuevas obligaciones como dueños de casa y las preocupaciones financieras. Y las flamantes esposas tienden a desilusionarse cuando sus maridos comienzan a considerarlas como si fueran propiedad asegurada. Caen las máscaras que cada uno se puso antes del matrimonio y se manifiesta la persona como es, con su modalidad y temperamento reales.

El primer año es generalmente el más ríspido de la mayoría de los matrimonios. La mitad de ellos admiten que atraviesan serios problemas conyugales y que el aumento del número de discusiones que sostienen después del casamiento es dramático. También tienden a ser más críticos hacia su pareja “perfecta” de otros tiempos y se vuelven más rigurosos al evaluar sus sentimientos de confianza propia.

Durante los primeros doce meses, un matrimonio tiene que enfrentar la mayoría de los problemas con una experiencia mínima. Para ser veraz, debo admitir que el futuro del matrimonio depende del ajuste que tiene lugar precisamente durante esa época. El tiempo de mayor aprendizaje para una pareja son las primeras seis semanas posteriores a la boda. Gradualmente aprenden que deben compartir a su compañero o compañera. En otras palabras, no pueden monopolizar el cien por ciento de su interés, afecto, o atención. Jefes, padres, amigos y parientes demandan que se les dedique tiempo.

Además, dentro de esta etapa de desilusión, la joven esposa puede sorprenderse al descubrir que su novio, habitualmente bien aseado, ahora se levanta como su marido de mal aliento y barba crecida. Y cuando ella le quita la frazada de noche y rechina los dientes lo pone fuera de sí a él. Aun cuando la mayoría de las parejas son lo suficientemente realistas para comprender que atender una casa lleva tiempo, no estiman de manera realista el tiempo y esfuerzo que se requiere para hacer compras, cocinar y atender una casa de familia además de un sinnúmero de otras tareas.

Lo que nos salva de la desesperación es que tendemos a soñar con la felicidad en lugar de ponernos a pensar en lo trabajoso y fatigoso que es el matrimonio. Si nos detuviéramos solamente en el aspecto de lo rutinario que es, ¡ninguno de nosotros se hubiera casado! El hecho de que seis de cada diez matrimonios en los Estados Unidos se disuelve prueba que la desilusión se produce temprano, fuerte y rápidamente.

Sin embargo, a medida que se va adquiriendo experiencia personal, uno se da cuenta que su matrimonio sobrevivirá a pesar de los desacuerdos que se produzcan. Y también se aprende a admitir que algunas discusiones son inevitables. Se puede ser amigos y quererse, aunque no siempre haya coincidencia en todas las cosas. Cuando se llega a ese punto, uno suele preocuparse menos por las pequeñeces esporádicas y pensar que suelen suceder aun en las mejores relaciones.

Cada año que vivan como pareja aumentan las posibilidades de permanecer casados. Al llegar al quinto aniversario, las posibilidades de divorcio comienzan a reducirse cada año.

¿Qué hace felices a las parejas?

Es difícil aislar los factores que hacen que una pareja sea feliz. Pero la manera en que reaccionas tú ante tu cónyuge y viceversa en tres áreas básicas, en gran medida determina el nivel de tu propia felicidad. Esas áreas son: 1) Tus expectativas futuras. 2) Patrones de comunicación mutua. 3) Manera en que la pareja toma decisiones y resuelve sus diferencias.

Expectativas. Es importante que ustedes clarifiquen sus expectativas bien temprano en el matrimonio. Todo lo bien que se lleven en el futuro se determinará por lo bien que comprendan sus mutuas expectativas, poniéndose de acuerdo sobre ellas con anticipación. Cuando tú y tu compañero o compañera coinciden pueden enfrentar el futuro con confianza, haciendo cada uno su parte. Al final, disfrutarán resultados mutuamente satisfactorios debido a los esfuerzos compartidos. Si tú quieres una casa de sólo un piso y tu pareja desea una de dos pisos, se encontrarán que están confrontando propósitos cruzados.

Las mutuas expectativas se centran generalmente en cinco áreas básicas: a) cómo deseas que se te trate; b) cómo crees que tu pareja quiere que se la (lo) trate; c) cuáles crees tú que son tus responsabilidades y derechos; d) cuáles crees tú que son las responsabilidades y derechos de tu cónyuge; y e) qué esperas del matrimonio a largo plazo.

Algunos matrimonios jóvenes niegan que ellos tienen tales expectativas o piensan que pueden modificarlas ante cualquier situación que surja. Pero las expectativas no pueden ser modificadas tan fácilmente. Se acumulan a través de toda la vida y llegan a formar parte íntima de uno y el cambiarlas podría ser sumamente difícil. Tus expectativas forman parte de ti como la respiración. Así como tú no te das cuenta que estás inhalando o exhalando, tampoco te das cuenta cuán profundamente tus expectativas se han convertido parte de tu ser.

Cuantos más cambios necesiten producirse, tanto más difícil será concretarlos; cuantos menos cambios tenga que hacer un matrimonio acerca de necesidades económicas, sociales, personales y religiosas, tiene más posibilidades de obtener el éxito. El matrimonio que requiere muchos cambios por provenir sus cónyuges de medios culturales muy diferentes, tiene mayores probabilidades de fracasar.

Entonces tiene sentido aclarar todas las expectativas amplia y honestamente antes de la boda. Si las expectativas están en conflicto, ustedes tendrán que descubrir la manera de hacer ajustes, aceptarlas o descartarlas. Se debe abandonar la idea que tienen algunos de que “mi manera de hacer las cosas es la única que funciona” y en cambio aceptar que hay varias maneras de hacer una cosa.

Obviamente, cuanto más se aclaren antes del casamiento las expectativas que se tengan, menos aclaraciones se necesitarán después. Sin embargo, aunque traten cuantas puedan, siempre habrá algunas que no se han previsto. Quedarán pendientes todavía muchos ajustes; pero en esto consiste el matrimonio: el de unir dos sistemas familiares diferentes en la forma de pensar, sentir y actuar, y tratar de integrarlos en una relación armoniosa.

Comunicación. Si tú y tu esposa o esposo quieren aprender a llevarse bien, deben desarrollar un sistema de comunicación que permita que cada uno pueda comprender cómo se siente el otro en relación con cada aspecto de la convivencia. Idealmente, el esposo y la esposa debieran ser capaces de tratar cada tema de interés o preocupación mutuos. Sin embargo, las parejas aprenden rápidamente que ciertos tópicos generan temor, ansiedad, duda o enojo. A pesar de ello, cuanto menos de estos asuntos queden fuera de la discusión, tanto más plena y satisfactoria será la comunicación de ustedes.

Cuando se traen al tapete las emociones como tema de discusión, éstas pueden ser analizadas como lo que son: sentimientos. Los sentimientos no son malos de por sí. Son pasajeros por naturaleza y nosotros no seríamos humanos sin ellos. La pregunta importante es si es apropiado que esos sentimientos sean expresados en ese preciso momento.

He aquí algunos lineamientos para expresar sentimientos de manera apropiada:

  1. Habla sin enojo u hostilidad. Baja el tono de la voz en lugar de elevarlo.
  2. Exprésate con claridad y específicamente. Piensa a medida que hables y aclara lo que quieres decir.
  3. Ten una actitud positiva y demuestra agradecimiento. No caigas en una actitud inquisitiva, acusadora, enjuiciadora, generadora de apelativos y otras cosas negativas.
  4. Trata de ser cortés y manifestar respeto hacia la opinión del otro, aun cuando no estés de acuerdo.
  5. Demuestra sensibilidad hacia las necesidades y sentimientos del otro.

Y ahora, algunos principios para ser un mejor oyente:

  1. Manifiesta interés por tu cónyuge. Debes mantener tu mirada en contacto con la de tu compañero o compañera con una sonrisa o con un movimiento de cabeza.
  2. Usa frases apropiadas para mostrar que estás de acuerdo, que tienes interés y estás entendiendo lo que escuchas.
  3. Formula preguntas bien elaboradas que denoten atención y buen ánimo al hacerlo.
  4. Cuando creas que terminaste de escuchar, tómate otros treinta segundos más.

Recomendaría que todos los recién casados eviten tener televisión durante su primer año de casados, pues el mirar televisión les robará muchas horas que podrían dedicar a comunicarse y perder la oportunidad de desarrollar un vínculo más estrecho. Es esencial que durante ese primer año, tan importante, tejan juntos un firme lazo de intimidad que se preserve por medio de una buena comunicación.

Haciendo decisiones y resolviendo desacuerdos. Antes de la boda, es muy probable que no te imaginabas ni a ti ni a tu pareja riñendo, discutiendo o incurriendo en actitudes mutuamente derogatorias. Es posible que se lo hayas visto hacer a tus padres y es probable que te prometiste que cuando te casaras nunca harías eso. Y cuanto más joven eres tanto más fácil es que esperes resolver cada problema con buen ánimo y amabilidad.

Sin embargo, mientras te adaptas a la rutina de la vida conyugal, tendrás que tomar decisiones relativas a la vida diaria, el funcionamiento mutuo y los objetivos mayores compartidos. Y cada vez que hagas una decisión, estarás estableciendo una referencia futura. En otras palabras, cuando te encuentres con una decisión similar, no volverás a las negociaciones previas; lo más probable es que te basarás en la decisión tomada anteriormente.

Pero, ¿cómo se logran las decisiones? ¿Puede uno hacer la decisión y tratar de ganarle al otro automáticamente? ¿Siempre debe ceder uno de los dos? Los recién casados se sienten impactados cuando se dan cuenta de que es absolutamente básico para su relación ventilar los sentimientos en voz alta cuando están por tomar una decisión. A menos que cada uno verbalice sus sentimientos, nunca comprenderán los sentimientos subyacentes por causa de los cuales disienten.

No es el disenso, sino el patrón de conducta que estableces durante las primeras semanas y meses de tu matrimonio, en tu intento compartido de manejarlos, lo que realmente importa. He aquí algunos asuntos para recordar:

  1. Disponte a estudiar juntos cualquier problema que surja.
  2. Trata de resolver las diferencias sin establecer que uno está “correcto” y que el otro está “equivocado”.
  3. Evita los arranques de ira. El “levantar presión” raramente produce resultados positivos. El enojo surge casi siempre cuando nuestra autoestima es amenazada. En lugar de mostrarte airado, sería mucho mejor reconocer ese sentimiento de enojo e intentar descubrir por qué es tan necesario defenderse tanto. Los gestos románticos y palabras amorosas son depósitos en el banco del amor, los arranques de enojo hacen enormes extracciones. Vigila que tu cuenta no se quede sin fondos.

La crisis de los suegros

Los problemas con los suegros están a la cabeza de las áreas conflictivas de los recién casados. Más que cualquier otro problema, los desacuerdos vinculados a los suegros afectan los primeros años del matrimonio.

A los padres les resulta difícil dejar ir a un hijo o una hija, a los cuales han cuidado durante tanto tiempo. Durante las primeras semanas y meses de casamiento, ambas parejas de padres observan el agregado a la familia y juzgan de acuerdo con sus propios niveles de exigencia. Algunos estudios realizados muestran que la madre del esposo puede representar el mayor problema, porque ella se identifica más cercanamente con la función de la esposa y puede volverse crítica de la manera en que otra mujer cumple una función que ella ha manejado exitosamente por años.

Estas son algunas sugerencias que pueden ayudar:

1. Establezcan su propio hogar después del casamiento. No vivan con sus padres, ni siquiera temporariamente. No es posible desarrollar intimidad en la casa de otro, aun cuando los padres prometan dejarlos solos. El vivir con los padres hace que ustedes sientan que no han crecido lo suficiente todavía y pueden sentirse restringidos en muchos aspectos, hasta en el aspecto sexual.

2. Esmérense en el establecimiento de una buena relación con sus suegros. El flamante esposo podría enviar un ramo de flores a su suegra para su cumpleaños. La nuera podría enviarle a su suegra un regalo para el Día de la Madre. Invítenlos a cenar o a salir de noche. Las recompensas pueden ser grandes. Si tratan a sus suegros como amigos, van a descubrir que ellos los van a tratar a ustedes del mismo modo.

3. Acepten a sus suegros como son. Es posible que a ustedes les gustaría hacer algunos cuantos cambios en ellos, pero ocurre que a ellos también les gustaría hacer algunos cambios en ustedes. Concédanles tiempo para ajustarse a ustedes y a la pérdida de su hijo o hija.

Y nunca, nunca, nunca…

  • discutas las faltas de tu marido o esposa con tus padres;
  • cites a tu familia o pongas a tus familiares como modelos ante tu cónyuge;
  • des consejos a tus suegros a no ser que ellos te lo pidan;
  • hagas de un viaje a casa de tus suegros tus vacaciones;
  • amenaces con un “Me voy a casa de mamá” o realmente lo cumplas.

Cuando visites a tus suegros, procura que las visitas sean cortas. Si ellos te dan consejos, acéptalos cortésmente. Si te resultan adecuados, síguelos. Y si no, ignóralos. Entra en el matrimonio con una actitud positiva hacia tus suegros. Determínate a gozar de tu familia política.

La última palabra

Harry y yo experimentamos numerosos problemas en nuestros primeros años de casados. Aunque no éramos quinceañeros o adolescentes, eramos jóvenes, ingenuos e ignorantes de las disciplinas de la vida conyugal. Tratamos de resolver nuestro problemas a nuestro modo, pero no funcionó muy bien.

Ibamos a la iglesia fielmente, compartíamos el culto familiar con nuestros hijos y hacíamos todas las buenas cosas que se supone que todos los cristianos deben hacer. Pero las cosas no mejoraban. Si no hubiera sido por nuestra fe en ese momento, hubiéramos tirado todo por la borda, creyendo que no valía la pena conservar lo que tuvimos juntos, que hubiera sido mejor seguir cada uno por su camino y no seguir atormentándonos más.

Pero la fe cristiana en la que habíamos crecido nos retuvo y no nos permitió hacer eso. Hoy nos hemos afianzado más fuertemente que nunca en el amor del Señor y en el amor del uno para con el otro, lo que nos ayudó a encontrar la solución a nuestros problemas. Aprendimos que sacamos de nuestro matrimonio lo que ponemos en él.

Un matrimonio feliz requiere valentía, determinación, honestidad y sí, ¡una dosis de buen humor! Si tú puedes aprender a divertirte con los errores, el Cielo promete enviar un escuadrón de limpieza para barrer las piezas rotas y darle a tu matrimonio un comienzo fresco, renovado.

Nancy van Pelt es una profesional de vida familiar y autora de 22 libros, de los cuales el más reciente es Highly Effective Marriage. Van Pelt vive en: 493 Timmy Ave., Clovis, California 93612-0740, E.U.A. E-mail: vanpelt5@juno.com. Sitio en la web: heartnhome.com

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