¿Debemos decir siempre la verdad, aun cuando esté en juego la vida?

Era una cristiana adventista del séptimo día. Creía en que Cristo ama a todas las personas. Quería ser como él y no tenía otro anhelo que el de vivir una vida tranquila de servicio amante hacia los más necesitados. Pero no eran tiempos comunes. El ejército de Hitler avanzaba en Austria, y la Gestapo estaba a la caza de los judíos. El amor que sentía, revestido de compasión, la llevó a refugiar a Fritz, un niño de doce años. No había nada malo en ello, de no ser porque el muchacho era judío. Un día, un oficial de la temible Gestapo golpeó a su puerta y la confrontó directamente: “Sra. Hasel, tiene usted a Fritz en su casa?”

¿Qué debía decir? ¿Debía decir la verdad y dejar que el muchacho fuera sacrificado? ¿O debía engañar a sus asesinos? ¡La vida de un niño inocente estaba en juego! ¿Qué harías tú si estuvieras en una situación similar?

Este dilema te podría parecer remoto, pero todos nosotros nos enfrentamos a menudo con la tentación de no ser completamente honestos; ya sea la tentación de exagerar un logro deportivo, de presentar un informe de lectura basado en tan sólo una fracción de lo requerido, de plagiar el material de un trabajo de investigación, de efectuar insinuaciones que dañan el carácter de otro o de falsificar cifras que elevan el estatus personal.

Para algunos, esto de decir la verdad ha llegado a ser un asunto problemático. Por ejemplo, ¿qué debería hacer un docente cuando un alumno poco confiable le solicita una recomendación? Para evitar que cualquiera de las dos partes presente una demanda legal, Robert Thornton sugiere que se dé una respuesta completamente ambigua. Si el alumno era constantemente negativo, se podría decir que sus aportes siempre fueron “críticos”. Si la persona sólo sirve para tareas domésticas, se podría decir que de estar en el lugar del jefe, uno no dudaría en darle tareas generales. Finalmente, al describir a un candidato capaz de arruinar todos los proyectos, se podría decir que no importa qué proyecto asuma, por más pequeño que sea, seguramente será expelido por el entusiasmo.1 William Lutz califica esta forma de comunicación como “doble lenguaje”, diseñado para que las mentiras parezcan veraces, para distorsionar la realidad y para hacer que lo malo parezca bueno y lo negativo, positivo.2 Jerry White afirma que engañamos cuando inducimos a alguien a creer una mentira, aun cuando nuestras palabras puedan ser verdaderas.3

¿Qué significa decir la verdad?

¿Qué significa decir la verdad? Cuando estaba en la escuela secundaria, solía entender esta frase de una forma más bien estrecha y estrictamente literal. Trataba de no decir jamás una mentira (“los labios mentirosos son abominación a Jehová” Proverbios 12:22),4 pero no tenía escrúpulos en desorientar a alguien al encogerme de hombros en el momento preciso, o mediante la frase: “¡Yo qué sé!” Más adelante aprendí que el mismo libro que condena la deshonestidad verbal también castiga el engaño no verbal. Es mentiroso el que “anda en perversidad de boca; que guiña los ojos, que habla con los pies, que hace señas con los dedos. Perversidades hay en su corazón” (Proverbios 6:12-14). Sissela Bok señala que esta manipulación intencional de la información se hace efectiva por medio de gestos, de disimulos, de la acción o inacción, aun por medio del silencio.5

Es verdad que el noveno mandamiento “No levantarás contra tu prójimo falso testimonio” (Éxodo 20:16) es de naturaleza legal, por lo que prohíbe específicamente el perjurio malicioso. Sin embargo, la Biblia condena repetidamente el engaño en un ámbito más amplio, indicando de esta manera que la prohibición no debería limitarse a casos judiciales. Por ejemplo, en Levítico 19:11 leemos: “No hurtaréis, ni engañaréis, ni mentiréis el uno al otro”. O Sofonías 3:13, al hablar del remanente, afirma: No “dirá mentira, ni en la boca de ellos se hallará lengua engañosa”. O cuando Pablo nos insta a desechar la mentira (Efesios 4:25), y a hablar “la verdad en amor” (Efesios 4:15). O el apóstol Juan que deja en claro que no habrá mentirosos en la Tierra Nueva (Apocalipsis 21:8, 27; 22:15).6

¿Es necesaria la honestidad absoluta?

Al leer la Biblia, se torna evidente que las Escrituras enfatizan la veracidad total y la honestidad absoluta bajo toda circunstancia. John Murray afirma que la Biblia a través de todas sus páginas requiere que seamos veraces, y que nunca deberíamos mentir.7 San Agustín nos amonesta a no suponer que existe una mentira que no es pecado.8 Y Elena de White dice que la falsedad y el engaño de cualquier tipo constituyen un pecado contra el Dios de la verdad.9

Lo que es más, el decir la verdad no es meramente un asunto exterior. La Biblia dice que el engaño está en el corazón (Proverbios 12:20; cf.6:14; 23:7; Jeremías 17:9). En el Sermón del Monte, Jesús afirma que todo engaño comienza en realidad en la mente, antes de verse expresado en acciones (ver Mateo 5:21, 22, 27, 28). Por lo tanto, como señala Bok, el engaño es lo que se hace con la intención de confundir,10 de manera que “la falsedad consiste en la intención de engañar”.11

¿Qué nos dicen los relatos de la Biblia?

Naturalmente, surge la pregunta: ¿Qué podemos decir de los incidentes bíblicos donde ciertas personas mintieron por las así llamadas causas nobles? Sifra y Fúa, las parteras hebreas, engañaron al faraón acerca de los bebés varones que debían matar (Éxodo 1). Rahab mintió cuando escondió a los dos espías de Israel (Josué 2). ¿Fueron estas historias escritas “como ejemplo…para amonestarnos” (1 Corintios 10.11a; cf. Romanos 15:4)? Algunos aseguran que es difícil evitar la conclusión de que estos son ejemplos aprobados por Dios acerca de la forma en que él desea que nos comportemos ante conflictos morales similares.12 Si esto fuera así, el mentir para salvar una vida sería perfectamente legítimo, y lo que la moral requeriría que hiciéramos.13

Pero, ¿es esto lo que realmente dice 1 Corintios 10:11? En realidad, el versículo es un resumen del pasaje precedente, en el que Pablo les recuerda a los corintios cristianos que “estas cosas sucedieron como ejemplos para nosotros, para que no codiciemos cosas malas, como ellos codiciaron” (1 Corintios 10:6). Entonces Pablo enumera selectivamente algunos de estos males, tales como la idolatría y la inmoralidad sexual (vss. 7, 8), junto con algunos de los juicios impuestos por Dios (vss. 8-10). Claramente, entonces, lejos de sugerir que se debieran imitar las acciones de los personajes bíblicos sin espíritu crítico, 1 Corintios 10:11 llama a evitar la transgresión de los requerimientos morales de Dios, que incluyen la orden de evitar todo tipo de engaño.

Algunos han señalado que en ningún lugar la Biblia condena directamente los engaños de Rahab o de las parteras hebreas. Sin embargo, un estudio cuidadoso de las Escrituras revela que la falta de una condenación directa a ciertas acciones no las transforma en correctas. Por ejemplo, no existe una condenación directa del incesto entre Lot y sus hijas. Si notamos que la hija mayor tuvo un hijo llamado Moab, que fue antecesor de Rut y en último término de Jesús, ¿deberíamos por ello concluir que ese acto incestuoso fue bueno?

Dios es fiel y guarda a los suyos

Resulta esencial notar que, inmediatamente después de 1 Corintios 10:11, Pablo recuerda que Dios es fiel, y que “no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar” (vs. 13). En otras palabras, Dios nunca permitirá que alguien esté en una situación donde se vea forzado a practicar el engaño; siempre existirá un camino moralmente correcto para salir del problema. Elena White nos dice que, si bien cada persona es un agente moral libre cuya lealtad debe ser probada, “nunca se le coloca en una situación en la cual se halle obligado a ceder al mal. No puede sobrevenirle tentación o prueba alguna que no sea capaz de resistir”.14 De hecho, el Señor hace un llamado a temer a Dios y a guardar siempre todos sus mandamientos (Deuteronomio 5:29); porque “sus mandamientos no son gravosos” (1 Juan 5:3), y el creyente puede lograr todo por medio de Cristo (Filipenses 4:13).

Entonces, ¿qué debe hacer un cristiano cuando se enfrenta con una emergencia de vida o muerte? ¿Qué hizo la Sra. Hasel cuando se le preguntó si tenía a Fritz en su casa? Confiando en que Dios se encargaría de que todo fuera para bien, miró al soldado directamente a los ojos y le dijo que, como oficial del ejército alemán, él sabía cuál era su responsabilidad, y que por lo tanto estaba invitado a cumplirla. Sintiéndose culpable, con la maldad de su acción ahora totalmente sobre sus hombros, el Nazi se dio media vuelta y abandonó el lugar.15

Se podrían multiplicar los relatos similares donde la fe incondicional y la obediencia total se muestran juntas. Pensemos, por ejemplo, en otra historia de la Segunda Guerra Mundial, esta vez de Polonia. La Sra. Knapiuk y su hija Marion tenían un hogar de un ambiente. Cierto día, una niña judía que era perseguida por los soldados alemanes irrumpió en la habitación y se escondió debajo de la cama. Pues bien, ellas sabían cuán peligroso podía resultar esto, porque en la casa contigua un panadero y su hija habían sido arrestados y llevados a un campo de concentración por haberle vendido pan a un judío. La Sra. Knapiuk era una mujer de mucha fe, pero como todo sucedió con tanta rapidez, no atinó a pensar qué hacer. De manera que se sentó a la mesa, abrió su Biblia, y comenzó a leerla y a orar. Cuando uno de los soldados alemanes irrumpió en la casa, inmediatamente reconoció lo que leía. Entonces sólo musitó dos palabras: “Buena mujer”, y al instante abandonó la habitación.

¿Debemos pesar las consecuencias?

Estas historias contemporáneas nos recuerdan la lealtad incondicional de Sadrac, Mesac y Abed-Nego. Aunque estos tres hebreos sabían que Dios tenía poder para librarlos del horno ardiente, le hicieron saber a Nabucodonosor que, aun si Dios decidía no librarlos, ellos habrían de permanecer fieles a Dios (Daniel 3:16-18). Al referirse a esa lealtad incondicional, Elena White afirma: “El verdadero principio cristiano no se detiene a pesar de las consecuencias”.16

Ese parece ser nuestro problema al enfrentar dilemas de vida o muerte: imaginamos qué pasaría si… y entonces tomamos decisiones sobre la base de esas especulaciones. Erwin Lutzer afirma que nuestro anhelo es ser como el Altísimo y no estar sujetos a nadie. Sin embargo, se pregunta si podemos calcular los resultados eternos o la rectitud de nuestras acciones. Él cree que al no tener la capacidad de predecir lo que pasará en los próximos cinco minutos, menos podemos especular acerca del futuro.17 Elena de White nos aclara que “los embajadores de Cristo no tienen por qué preocuparse de las consecuencias. Deben cumplir con su deber y dejar a Dios los resultados”.18

¿Sobre qué base podemos entonces tomar decisiones morales? En el Apocalipsis, Cristo dice: “No temas en nada lo que vas a padecer….Sé fiel hasta la muerte y yo te daré la corona de la vida” (Apocalipsis 2:10). “Al decidir sobre cualquier camino a seguir —continúa diciendo Elena White—, no hemos de preguntarnos si es previsible que de él resultará algún daño, sino más bien si está de acuerdo con la voluntad de Dios”.19 Chuck Colson tiene razón al afirmar que lo que Dios quiere de su pueblo es la obediencia más allá de toda circunstancia y sin importar cuán desconocido sea el resultado.20 En síntesis, todas nuestras decisiones morales deben estar basadas no en el temor al futuro, sino en una fe basada en nuestro Padre Celestial.

Jesús: el modelo perfecto

Nuestro modelo moral perfecto es el Señor Jesús. El apóstol Pedro no sólo señala que debemos seguir sus pisadas, sino que específicamente destaca que “no se halló engaño en su boca” (1 Pedro 2:21,22). En otras palabras, Rahab no constituye nuestro ejemplo de ética, sino que esto debe ser reservado para nuestro inmaculado Salvador. En efecto, el creyente “debe andar como él anduvo” (1 Juan 2:6).

¿Debemos decir siempre la verdad? En la Biblia hay una declaración inequívoca donde podemos hallar la respuesta a este interrogante: “No mintáis los unos a los otros” (Colosenses 3:9), porque la mentira proviene del maligno y es obra de las tinieblas (Ver Juan 8:44).21 Este compromiso incondicional con la verdad es posible solamente cuando el creyente se ha “despojado del viejo hombre con sus hechos, y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno” (Colosenses 3:9,10). Elena White apoya esta perspectiva que ve indispensable una relación dinámica con Cristo. Ella afirma que “no podemos hablar la verdad a menos que nuestra mente esté bajo la dirección constante de Aquel que es verdad”.22

¡Jesús es en realidad el “secreto” de todo este asunto de decir la verdad! Porque “los que tienen la mente de Cristo observarán todos los mandamientos, sean cuales fueren las circunstancias”.23

Ron du Preez (D.Min., Andrews University, Th.D.,University of South Africa) enseña teología y ética en Solusi University, Bulawayo, Zimbabwe. Es autor de Polygamy in the Bible (Adventist Theological Society, 1998) y de numerosos artículos. Su dirección electrónica es: dupreez@esanet.zw

Notas y referencias

1.   Ver Robert Thornton: Lexicon of Intentionally Ambiguous Recommendations (New York: Simon & Schuster, 1988).

2.   William Lutz: Doublespeak (New York: Harper & Row, 1989), pp. 18-20.

3.   Jerry White, Honesty, Morality & Conscience (Colorado Springs, Colorado: NavPress, 1979), p. 56.

4.   Todas las citas bíblicas están extraídas de la Versión Reina-Valera (Revisión 1960).

5.   Sissela Bok: Lying: Moral Choice in Public and Private Life (New York: Vintage Books, 1978), pp. 9, 14.

6.   Por información adicional acerca de la definición bíblica de engaño, ver Ron du Preez: “A Holocaust of Deception: Lying to Save Life and Biblical Morality”, Journal of the Adventist Theological Society 9 (1998) 1-2:202-205.

7.   John Murray: Principles of Conduct: Aspects of Biblical Ethics (Grand Rapids, Michigan: William B. Eerdmans, 1957), p. 132 (el énfasis es mío).

8.   Citado en Bok, p. 34.

9.   Elena White: Testimonies for the Church (Mountain View, California: Pacific Press Publ. Assn., 1948), 4:336.

10. Bok: p. 9; cf. pp. 6, 17.

11. Elena White: Patriarcas y profetas (Buenos Aires: Asoc. Casa Editora Sudamericana, 1985), p. 317.

12. Norman L. Geisler y Paul D. Feinberg: Introduction to Philosophy: A Christian Perspective (Grand Rapids: Baker Book House, 1980), p. 417.

13. Ver, por ejemplo, Id., p. 425; Norman L. Geisler: The Christian Ethic of Love (Grand Rapids: Zondervan, 1973), p. 75; Geisler: Ethics: Alternatives and Issues (Grand Rapids: Zondervan , 1971), p. 136. Por una respuesta abarcante a estas teorías, ver Ronald A. G. du Preez: “A Critical Study of Norman L. Geisler’s Ethical Hierarchicalism” (disertación doctoral, University of South Africa, 1997).

14. White: Patriarcas y profetas, p. 343.

15. Dr. Gerhard F. Hasel relató este incidente en una reunión de la Adventist Theological Society en noviembre de 1994.

16. Elena White: La edificación del carácter y la formación de la personalidad (Buenos Aires: Asoc. Casa Editora Sudamericana, 1955), p. 50.

17. Erwin Lutzer: The Necessity of Ethical Absolutes (Grand Rapids, Michigan: Zondervan, 1981), p. 75.

18. Elena White: El conflicto de los siglos (Buenos Aires: Asoc. Casa Editora Sudamericana, 1987), pp. 667, 668.

19. White: Patriarcas y profetas, p. 687.

20. Chuck Colson: Loving God (Grand Rapids, Michigan: Zondervan, 1983), p. 36.

21. Murray: p. 128.

22. Elena White: El discurso maestro de Jesucristo (Buenos Aires: Asoc. Casa Editora Sudamericana, 1975), p. 61.

23. White: La edificación del carácter y la formación de la personalidad, p. 87.

articulo escrito por: Ron du Preez 

para: http://dialogue.adventist.org/articles/13_2_preez_s.htm  (dialogo universitario)

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